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"No lo sabéis, pero en realidad me llamo Pilar Sánchez" |
Así sí, España. Por fin hemos aprendido. Y no, no me refiero
a dejar en la casa de Gran Hermano a los concursantes conflictivos y echar a
las macetas: me refiero a escoger algo decente con lo que ir a Eurovisión.
Estaremos jodidos, con más paro que alemanes hay en
Mallorca, con la prima de riesgo disparada, con el déficit alarmantemente alto,
sin dinero para irnos de vacaciones, con recortes que dentro de poco provocarán
que la cita para el médico no se dé, sino que se sortee, o con políticos
nefastos y usureros que sólo miran por su propio bolsillo. Pero, al menos,
llevamos algo decente a Eurovisión.
Y es que el renacer eurovisivo llegó con David Civera (6ª
posición con ese Que la detengan), se consolidó con la apoteosis de Rosa y sus
12 millones de españoles viendo el festival y comenzó a decaer cuando, después
de Ramón, nos dio por mandar a las Son de Sol (que ahora deben ser cajeras en el Mercadona) con Brujería. Tras ellas ha
habido cosas como Las Ketchup, D’Nash, Chikilicuatre, el inmenso bluff de
Soraya —a nadie le gustó que se vistiese de patinadora e hiciese la croqueta
por el escenario—, Daniel Diges o el esperpento de canción que le pusieron a la gran Lucía Pérez.